Asamblea – Juan Carlos Mestre

Queridos compañeros carpinteros y ebanistas,

les traigo el saludo solidario de los metafísicos,

también para nosotros la situación se ha hecho insostenible,

los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas,

a partir de este momento la lírica no existe,

con el permiso de ustedes la poesía

ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno,

no lo tomen a mal,

pero aún quisiéramos pedirles una cosa,

mis viejos camaradas amigos de los árboles

acuérdense de nosotros cuando canten La Internacional.

DOS POETAS

Un poema de Juan Carlos Mestre

EL ANZUELO DE LA LIBÉLULA

Me has inventado
ANNA AJMÁTOVA
(Starki, 18 de agosto de 1956)

Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria
a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente
las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos
en la perfección de los huesos. En aquel tiempo
yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos de la razón.
Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas
de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.
En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,
palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.
Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,
un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.
No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación
del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.
Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido
mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,
la cámara del que guarda su placer en ella.
Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
Antes de que me tomaran por un extraño, ya que yo no era el dueño de esa invención,
me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío.
Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,
era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,
como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.
Yo sólo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
y llevan la aorta de las constelaciones acogidas en sus sienes.
Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
es probable que la invisibilidad y estos hechos
sólo guarden relación con una libélula.

Un poema de Olvido García Valdés

Estar bien, temperatura que toma
como pauta la fría y húmeda
de la tierra, del humus
o mantillo; consiste en caldear
la casa hasta que el frío
en las paredes de piedra y tierra y cal
retroceda, que las sábanas reduzcan
el espasmo de estar aún mojadas y la espalda
no avise, que el pulmón no se haga sentir,
el bienestar consiste en no sentir, y sentirse
de ese modo bien.
Observar el gesto
de quien se acerca al radiador dejando fuera
por el momento la intemperie, guardar
conciencia, saber que todo es
por el momento. No ser quien dice:
yo no tengo recuerdos, era una niña campesina,
estudiar, segar hierba, pero no lo recuerdo,
es algo físico, no está, vivo ahora
tres días en Madrid y el resto
en Bilbao, me organizo, trabajo mucho.
Palabras de la prensa, sonrisa de leve
desafío, pedir guardar memoria, no
perder conciencia del frío que hace.